jueves, 8 de noviembre de 2007

APUNTES SOBRE LA VEJEZ

APUNTES SOBRE LA VEJEZ.

Menguada es la esperanza, Sirio y Orión pasaron la mitad del cielo y es toda mía, en soledad, la decadencia. Las floridas ilusiones que vagaron en tropel por sueños hoy recordados vagamente, con lentitud, van dejando paso a un amago de autoridad sosegada que pretende hacer leyes universales de mi disminuida experiencia. Amargo consuelo. Tiempo ha, cuando esa experiencia hubiera podido ser útil, carecía de ella. Solo sirve para fingir que ya dejé de comportarme como niño y aparentar una gravedad y madurez que apenas consigue mitigar, la terrible evidencia de que, en verdad, perdí lo mejor de los años y resuena en la conciencia como un graznido, el desaliento, por no haber hecho más y mejor, por no haber sacrificado con mas frecuencia en el altar de Afrodita y en fin, por haber derrochado esfuerzos inútiles en adquirir el bagaje que en el fondo, no es más que la principal de las dolencias a las que tengo que enfrentar para poder vivir dando capotazos a la amargura que consume estos aciagos días.

Reconozco ser dueño no discutido de La Culpa, esa que ronda todas las decisiones y tuerce las verdaderas intenciones. En verdad parece, por momentos, suavizarme el talante, pero en el fondo, carcome y angustia mucho más de lo que quisiera admitir. El reproche constante y omnipresente de esa culpa, genéticamente enquistada en el espíritu y agravada por tabúes religiosos, éticos, intelectuales y familiares que he acumulado como resultado de haberme comportado al antojo de quienes sobre mí, han tenido algún principio de autoridad o influencia en tiempos. Se ha revelado, con toda su intensidad cuando comencé a parecer de “cierta edad”. Es así, como a pesar de que en muchas ocasiones he deseado con vehemencia deslastrarme de esa modosidad hipócrita que hemos dado en llamar “buen comportamiento”, aparece la santurrona voz de la conciencia para impedirme el disfrute que hasta ese momento creía merecer y en el cual había pensado sin hacerle reparos de ninguna índole, mucho menos morales. Este proceso de sublimación de la culpa de los tempranos sesenta, es la mejor comprobación de que ese pequeño burgués que siempre he tenido por dentro, se adueñó de mis actos y campeará por sus fueros hasta que la Parca impía comience a guiarme los pasos.

Habrá comenzado simultáneamente el proceso involutivo producido por la exacerbación del instinto de conservación ante lo irremediable, que lleva indetenible a la más abyecta miseria moral, los primeros signos aparecen cuando nos negamos pequeñas compensaciones y placeres por mor de supuestos y ridículos ahorros. Perdemos el tiempo, y el dinero, en tales menesteres con la trivial previsión del niño que guarda su voracidad para tener en su poder por más tiempo la golosina, la cual, a la postre pierde o se la quitan y a veces, en el mejor de los casos consume cuando ya no la apetece. Con el avance inexorable de la vejez, aparecerán evidencias de cierta avaricia que aún cuando disimularé contra viento y marea, dejaré traslucir ante propios y extraños, en cualquier descuido de la conciencia boba y hacia el final, esconderé en grietas y rincones, dinero suelto, pequeñas posesiones y hasta comida que al punto pasará a ser pasto de alimañas y motivo de quejas para quienes de fuerza o de buen grado habrán de convivir con el anciano.

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